La paciencia matemática

No existe un cuadro más natural en la universidad que alumnos mayores recibiendo y atemorizando a los de cursos más bajos en la primera oleada de exámenes. Suele quedarse en eso. En amenazas. En miedos. En “venga, un repaso más que puede costarme un aprobado”. Al final, esas afrentas suelen allanarnos el camino del aprobado.

Esa bonita historia que acaba feliz no tiene el mismo argumento en Matemáticas, que se torna tenebrosa y larga. Demasiado larga.

A las puertas de la biblioteca de Ciencias, tres estudiantes de tercero (aunque alguno lleva arrastrando alguna de años anteriores) aprovechan el descanso entre problema y problema para charlar con un par de novatas. “Yo a ver si este cuatrimestre puedo sacarme, al menos, cuatro”. No estallaron risas, pero sí se gestó alguna mueca picarona.

—Cuatro fueron las que aprobé yo ese año en todo el curso.
—¿Te estás cachondeando?

El estupor de las nuevas no sorprendió a los veteranos. Explican que el comienzo es difícil, porque estudias un montón de tiempo y no te da resultado. “¿Pero qué debería echarle, 10 horas al día, o qué?”, pregunta escéptica una de ellas. La fórmula es sencilla — ¿No parece redundante?—: prepararte todas las asignaturas acaba pasándote factura y muchos diversifican fuerzas y se centran en 7 u 8.

Uno de ellos, que al parecer no dedicó todo el tiempo que debería en su primer curso. Trató de enfriar la catártica conversación con una anécdota simbólica que reflejan el estupor y el desencanto de un chico de primer año.

En un examen saqué un -0,25. En la revisión vi que la profesora no me había contado una pregunta que ponía “genial”, que valía 2 puntos y medio, y se lo señalé. Me dijo que el “genial” significaba que se lo había pasado en grande corrigiéndomela.

Más que una carrera en la que la persona tiene que apretar en algunos tramos del trayecto para llegar a meta, Matemáticas es una maratón que tienes que afrontar con constancia, casta —os juro que no tiene nada que ver con Pablo Iglesias— y resistencia mental. O eso pensé yo cuando les escuchaba hablar.

El humor también es una buena actitud. No ganas la batalla, pero al menos la afrontas. “Un profesor me regañó en un examen porque creía que lo tenía todo mal. Me fui a casa pensando en una más pal’ bote y me acabó poniendo un cinco”. Esta frase, de uno de los veteranos que comparte clase con las nuevas, la acompañó con los matices de su celebración y su grito, muy similar a la de ese estúpido portugués que merodea por la capital española.

Y me fui de allí lastrado de impotencia. Quizá por el pensamiento de que tres horas seguidas delante de los apuntes es para mí una epopeya y no una obligación, mientras ellos apuran las madrugadas en su biblioteca. O quizá porque tenía hambre y en mi casa había lentejas.

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borjadiez

Xornalista con la rabia del estudiante heleno. Buenaventura y Maltiempo guían mi camino. Grecolatino y de barrio. Make Huelin great again. Aspiro a llegar tan alto como Carrero Blanco.

Un comentario sobre “La paciencia matemática

  • el 5 febrero, 2016 a las 14:00
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    Gracias por definirlo tan bien. Un saludo de una matemática en proceso 🙂

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